La catástrofe de Barajas y el storytelling

Parece que poco a poco se alza el volumen de las voces críticas que desde dentro de la profesión periodística cuestionan el tratamiento o la cobertura que los medios, y especialmente la televisión, le están dando al trágico accidente aéreo de Barajas. El País se preguntaba ayer: ¿Hasta dónde puede llegar el micro con 154 muertos? Ya al día siguiente de la tragedia, Fernando González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, hacía un llamamiento público a la profesión recomendando “una mayor separación entre información y entretenimiento“; de poco ha servido: miles de páginas de periódicos y de horas de televisión han sido rellenadas recreando los momentos previos y posteriores al suceso. ¿Aportando información sobre lo acontecido? Puede que a partir del segundo día sí, pero,  desde luego, no durante las primeras horas de cobertura, pues apenas existía información. Durante las tres horas posteriores al accidente, prácticamente sólo se supo la aerolínea implicada, el destino y el número de pasajeros que viajaban a bordo del avión siniestrado. El resto de información relevante, como el número de víctimas mortales o supervivientes, estaba sin contrastar.  La información objetiva de la que se disponía podría haber sido transmitido a la audiencia en menos de un minuto.

El debate que subyace tras la polémica  es bien conocido, ¿Asistimos a un giro sensacionalista de los medios, de la audiencia, o tal vez de ambos? ¿Alimentan los medios un morbo pre-existente o lo suscitan? Difícil dilucidar si fue antes el huevo o la gallina. En todo caso, no estoy muy de acuerdo con que sea el morbo o el sadismo lo que lleva a alguien a sentarse tres horas frente al televisor o a devorar decenas de páginas en los periódicos. Creo que el llamamiento de González Urbaneja,  invitando a sus colegas a separar información de entretenimiento,  nos pone sobre la pista.

Mejor_que_lo_cuentes
Desde el 11-S, las grandes tragedias humanas (da igual si hablamos de atentados islamistas, tsumanis, enfretamientos bélicos, terremotos o, como en el caso que nos ocupa, accidentes aéreos) se han convertido en un producto de consumo más, que opera en la categoría del entretenimiento. ¿Y cómo se consigue convertir la información en entretimiento? Como nos enseña Antonio Núnez en su libro ¡Será mejor que lo cuentes! (Empresa Activa), la clave está en transmitir los mensajes en forma de relato (storytelling). En este caso, se trata de novelizar la tragedia: nos presentan a los personajes (las víctimas), los momentos previos, el nudo (el accidente en sí) y el desenlace. Por supuesto, no faltan los arquetipos: héroes (los servicios de asistencia y algunos pasajeros), villanos (¿Spanair?), expertos…

Resulta llamativo comprobar como los medios españoles imitan punto por punto los esquemas narrativos de tragedias genuinamente norteamericanos; recreándose nominalmente en las truncadas trayectorias vitales de los fallecidos (conculcando con ello, todo sea dicho, su derecho a la intimidad), buscando heroicidad donde sólo hay  comportamientos cívicos…El mismo Príncipe de Asturias se dejaba arrastrar por esta corriente narrativa cuando se refería a uno de los niños hospitalizados al que acababa de visitar como un “héroe” por el  hecho de haber sobrevivido.

Desde luego, para quienes nos dedicamos a comunicación la moraleja, ceteris paribus, está clara: en lugar de centrarte en destacar las propiedades de producto (si es que las tiene), invéntate o recrea una buena historia que te permita transmitir tus mensajes de una de las formas más persuasivas (y antiguas) que existen: el relato. Y si, como en el caso de, por ejemplo,  Apple, eres capaz de que tus consumidores sean co-guionistas, pues mejor que mejor.